Pintura de Fabián Pérez
25 abril 2020
Hablando de machismos …
“Tomamos unas copas en ese local de la Playa, luego me dijo que si quería acompañarla a casa que su marido estaba de guardia. Le ataqué a la segunda copa y cuando ya estaba en deshabillé, pero al principio, si bien fue muy receptiva, luego se echó atrás, sí, me dio por cogerla como un saco, me la eché al cuerpo y andando como un gladiador me la estaba llevando al dormitorio y, entonces, como una verdadera “fou”, va y me dice … No Antoine, no, ahí, no, que esa es la cama donde duermo con mi marido. Y me empezó a bofetear y a chillar, todo al mismo tiempo, hasta que, como pude, me fui por la ventana pues los chalets del entorno empezaron a encender luces. Con las prisas me caí por las rocas, pues esa zona del Cabo es muy bonita pero “très dangereux”. Acabé en el Hospital de San Juan, a eso de las tres de la mañana y aquí estoy”.
Tener amigos golfos es siempre un lujo y si no lo es, es algo que no sabría como llamarle, pero que en todo hombre, curiosamente, resulta tan necesario como virtual.
Leonor, (la más veterana, ahora huérfana, de nuestros cafés de madrugada), que, como todo el mundo sabe, no se pierde una, pues tiene un oído mas largo que un discurso de Rajoy, se acerca a mi, cuando ya se ha ido Antoine a calentarle el ego a la reina de la barra y me dice:
– “No me imagino, Enrique, a una mujer contando esta historia”– ¿Por qué?
– “Porque cuando la cuenta un hombre lo hace en clave de hazaña, pero si lo cuenta una mujer todos dirían y/o diríamos, que es un putón verbenero”.
– “Porque cuando la cuenta un hombre lo hace en clave de hazaña, pero si lo cuenta una mujer todos dirían y/o diríamos, que es un putón verbenero”.
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